Entre el desierto del Sáhara y las sabanas del África tropical se extiende una inmensa franja de territorio conocida como el Sahel. Abarca varios países, pero el centro de su actual crisis se encuentra en Mali, Burkina Faso y Níger.
Durante más de una década, esta región ha sufrido insurgencias yihadistas, rebeliones separatistas, golpes de Estado, desplazamientos masivos y una profunda transformación de sus alianzas internacionales. Francia y otras potencias occidentales han perdido gran parte de la influencia que mantuvieron durante décadas, mientras Rusia se presenta como un nuevo socio militar de los gobiernos de la zona.
Sin embargo, el cambio de aliados no ha conseguido resolver el problema esencial. La violencia continúa creciendo, los grupos armados amplían su radio de acción y las autoridades militares tienen dificultades para controlar grandes extensiones rurales.
El Sahel no es solamente una crisis africana. Su evolución afecta a Europa por la expansión del terrorismo, las rutas migratorias, el crimen organizado, la competencia por los recursos y la creciente rivalidad entre Rusia y Occidente.
Mientras la atención mundial permanece concentrada en Ucrania y Oriente Medio, otra guerra está transformando silenciosamente el mapa geopolítico al sur del Mediterráneo.
¿Qué es exactamente el Sahel?
El Sahel no es un país ni una organización política. Es una franja geográfica que atraviesa África de oeste a este y actúa como zona de transición entre el Sáhara y las regiones más húmedas del continente.
Dentro de este espacio suelen incluirse Mauritania, Senegal, Mali, Burkina Faso, Níger, Chad y, según la definición utilizada, partes de otros países próximos.
Sus fronteras estatales atraviesan territorios enormes y poco poblados, donde comunidades nómadas, rutas comerciales y grupos armados se desplazan desde mucho antes de que existieran los Estados actuales. Esa realidad dificulta el control militar de la región y permite que insurgentes, contrabandistas y traficantes crucen las fronteras con relativa facilidad.
Pero sería simplista describir el Sahel únicamente como una inmensa tierra sin gobierno. También es una zona con ciudades, mercados y redes sociales históricas que no siempre encajan bien con las fronteras heredadas del periodo colonial.
Cómo comenzó la actual guerra del Sahel
La crisis contemporánea se agravó especialmente tras la caída del régimen de Muamar el Gadafi en Libia en 2011.
El colapso libio facilitó la circulación regional de armas y combatientes. Parte de ese material terminó llegando al norte de Mali, donde grupos tuaregs reactivaron una rebelión contra el Gobierno central.
En 2012, los separatistas proclamaron la independencia de Azawad en el norte maliense. Sin embargo, diferentes organizaciones yihadistas aprovecharon el levantamiento y terminaron imponiéndose en importantes zonas del territorio.
Cuando esas fuerzas comenzaron a avanzar hacia el sur, Francia intervino militarmente en enero de 2013 mediante la Operación Serval. La ofensiva francesa frenó el avance yihadista y permitió recuperar ciudades importantes, pero no eliminó las causas del conflicto.
Los grupos insurgentes abandonaron muchas posiciones visibles y pasaron a emplear tácticas de guerrilla: emboscadas, artefactos explosivos, atentados, asesinatos selectivos y ataques contra bases aisladas.
La guerra no terminó. Simplemente cambió de forma.
De una intervención rápida a una guerra interminable
La Operación Serval fue inicialmente presentada como un éxito. Las fuerzas francesas y malienses recuperaron con rapidez ciudades que habían caído en manos yihadistas.
No obstante, controlar las principales localidades era muy distinto de controlar un territorio enorme.
En 2014, Francia sustituyó Serval por la Operación Barkhane, de carácter regional. Miles de militares franceses operaron en distintos países del Sahel, apoyados por fuerzas locales, aliados europeos y la misión de Naciones Unidas en Mali.
Pese a la eliminación de numerosos dirigentes insurgentes, la violencia no desapareció. Por el contrario, se extendió desde el norte de Mali hacia el centro del país y posteriormente hacia Burkina Faso y Níger.
Las organizaciones armadas demostraron una notable capacidad de adaptación. Evitaban enfrentamientos convencionales, se mezclaban con las dinámicas locales y explotaban conflictos entre comunidades, abusos estatales y ausencia de servicios públicos.
La intervención podía destruir campamentos y perseguir columnas armadas, pero no podía reconstruir por sí sola la autoridad del Estado.
Los dos grandes bloques yihadistas
Aunque suele hablarse del “yihadismo del Sahel” como si fuera una sola fuerza, existen organizaciones diferentes y rivales.
JNIM: la red vinculada a Al Qaeda
El Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes, conocido por sus siglas JNIM, reúne a varias organizaciones asociadas a Al Qaeda.
Su estrategia combina acciones militares con una implantación gradual en comunidades rurales. En algunos territorios intenta presentarse como una autoridad alternativa, interviene en disputas y presiona a poblaciones aisladas para que acepten su presencia.
JNIM se ha convertido en una de las organizaciones armadas más poderosas del Sahel y ha demostrado capacidad para realizar operaciones coordinadas contra posiciones militares e incluso atacar objetivos próximos a grandes ciudades.
Estado Islámico
En paralelo actúan grupos relacionados con el Estado Islámico, especialmente en la zona fronteriza entre Mali, Níger y Burkina Faso.
Estas organizaciones compiten con JNIM por territorio, reclutamiento y rutas. Sus combates mutuos no impiden que ambas ataquen a los gobiernos y a las poblaciones consideradas hostiles.
La rivalidad entre Al Qaeda y el Estado Islámico convierte algunas regiones en escenarios donde civiles y fuerzas locales quedan atrapados entre varios enemigos.
El regreso de las rebeliones tuaregs
El conflicto no se reduce al yihadismo.
En el norte de Mali sigue existiendo una cuestión política y territorial relacionada con los tuaregs y otras comunidades de Azawad. Diferentes organizaciones rebeldes reclaman autonomía, federalismo o independencia respecto de Bamako.
Las relaciones entre estos movimientos y los grupos yihadistas son complejas. Pueden combatir entre ellos, coexistir circunstancialmente o ejercer presión simultánea contra el Ejército maliense, pero no deben confundirse como un único bloque.
Durante 2026, los rebeldes de Azawad y los yihadistas han intensificado sus operaciones en el norte de Mali. En julio, la localidad estratégica de Anéfis, situada en el eje entre Gao y Kidal, quedó rodeada y fue escenario de fuertes combates. El Ejército maliense aseguró posteriormente haber roto el bloqueo con apoyo de sus aliados, aunque las cifras de bajas ofrecidas por los distintos bandos no han podido verificarse de manera independiente.
Este episodio demuestra que, después de más de una década de guerra, Bamako todavía tiene dificultades para mantener abiertas las rutas y controlar permanentemente el norte.
Los golpes de Estado y la promesa de recuperar la soberanía
El fracaso de los gobiernos civiles para contener la violencia generó un enorme descontento.
Entre 2020 y 2023, Mali, Burkina Faso y Níger sufrieron golpes de Estado que llevaron al poder a juntas militares. Los nuevos dirigentes justificaron su intervención afirmando que las autoridades anteriores habían fracasado frente al terrorismo y dependían demasiado de Francia.
Los militares prometieron:
- recuperar el territorio;
- reforzar la soberanía;
- expulsar la influencia extranjera considerada neocolonial;
- y construir una estrategia de seguridad más eficaz.
Parte de la población recibió inicialmente esos mensajes con esperanza. Para muchos ciudadanos, una década de cooperación con Occidente no había proporcionado seguridad y las pérdidas militares seguían aumentando.
Sin embargo, varios años después, los grupos insurgentes conservan una gran capacidad operativa y han extendido sus ataques hacia zonas antes consideradas más seguras.
La llegada de juntas militares no ha producido, por sí sola, una victoria estratégica.
La ruptura con Francia
Francia fue durante años la principal potencia extranjera implicada militarmente en el Sahel.
Pero su presencia acabó siendo percibida por una parte de la población como ineficaz, paternalista o contraria a la soberanía nacional. Las juntas aprovecharon ese rechazo para reforzar su legitimidad.
Mali exigió la retirada de las fuerzas francesas. Burkina Faso y Níger siguieron una dirección parecida. La relación continuó deteriorándose hasta que, en junio de 2026, Burkina Faso rompió formalmente sus relaciones diplomáticas con Francia, que anunció que estudiaría medidas recíprocas.
El retroceso francés no representa únicamente la pérdida de bases militares. Supone un cambio geopolítico profundo en una región considerada durante décadas parte de la esfera de influencia de París.
La Alianza de Estados del Sahel
Mali, Burkina Faso y Níger decidieron responder a su aislamiento creando la Alianza de Estados del Sahel, conocida como AES.
La organización nació como un pacto de defensa mutua y posteriormente evolucionó hacia una estructura política más amplia. Los tres países anunciaron su retirada de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental, la CEDEAO, y formalizaron una confederación propia.
Su discurso se basa en tres ideas:
- soberanía frente a las instituciones regionales tradicionales;
- cooperación militar directa;
- ruptura con la influencia occidental.
Los gobiernos de la AES también han anunciado una fuerza conjunta para combatir a los grupos armados. Rusia se comprometió a proporcionar armamento, entrenamiento y apoyo a ese proyecto, concebido inicialmente en torno a unos 5.000 efectivos.
La AES es, por tanto, mucho más que una alianza defensiva. Es el intento de construir un nuevo bloque político africano dirigido por gobiernos militares.
Rusia ocupa el espacio dejado por Occidente
La retirada francesa abrió la puerta a Rusia.
En Mali, el Grupo Wagner comenzó a apoyar al Gobierno en operaciones militares. Tras la reorganización del dispositivo ruso en África, su papel fue asumido progresivamente por el Africa Corps, una estructura más directamente vinculada al Estado ruso.
Moscú ofrece a las juntas aquello que más valoran:
- entrenamiento;
- armas;
- protección política;
- apoyo operativo;
- y menos exigencias públicas sobre democracia o derechos humanos.
A cambio, Rusia obtiene influencia estratégica, relaciones económicas, acceso a recursos y la oportunidad de erosionar la presencia occidental.
En julio de 2026, Rusia y los tres miembros de la AES acordaron reforzar su cooperación militar ante el aumento de los ataques insurgentes. El compromiso confirmó que la relación ya no se limita a Mali, sino que se está desarrollando a escala regional.
Sin embargo, el apoyo ruso tampoco ha conseguido revertir de manera definitiva la expansión insurgente. Las fuerzas malienses y el Africa Corps han sufrido emboscadas, pérdidas de material y dificultades para mantener el control fuera de los principales núcleos.
La sustitución de Francia por Rusia ha modificado el equilibrio diplomático, pero no ha resuelto la guerra.
Por qué los ejércitos del Sahel tienen tantas dificultades
Sobre el mapa, los gobiernos disponen de ejércitos, aviación y aliados extranjeros. En la práctica se enfrentan a enormes obstáculos.
Un territorio inmenso
Mali y Níger son países gigantescos. Controlar carreteras, fronteras, desiertos y poblaciones dispersas exige una cantidad de fuerzas que los gobiernos no poseen.
Bases aisladas
Muchas posiciones militares están separadas por cientos de kilómetros. Sus convoyes de abastecimiento son vulnerables a minas y emboscadas.
Inteligencia limitada
Los grupos insurgentes se apoyan en redes locales y conocen el terreno. Los ejércitos pueden disponer de drones o aviación, pero no siempre cuentan con información humana fiable.
Estados poco presentes
En numerosas áreas rurales, la administración apenas ofrece seguridad, justicia, sanidad o educación. Cuando el Estado solo aparece mediante una patrulla armada, su legitimidad es muy débil.
Abusos contra civiles
Las acusaciones de ejecuciones, desapariciones y castigos colectivos pueden alimentar nuevos reclutamientos insurgentes. Una operación tácticamente exitosa puede convertirse en una derrota política si empuja a una comunidad hacia los grupos armados.
Fronteras porosas
Los insurgentes pueden retroceder, cruzar a otro país y reorganizarse. Por eso una estrategia puramente nacional resulta insuficiente.
La batalla por las poblaciones rurales
La verdadera guerra del Sahel no se decide únicamente mediante grandes ofensivas.
Se decide en miles de pequeñas comunidades.
Los grupos armados intentan controlar carreteras, cobrar impuestos, reclutar combatientes y expulsar a representantes estatales. En algunos casos explotan conflictos entre agricultores y pastores, rivalidades étnicas o disputas por el acceso a tierras y agua.
Los gobiernos responden mediante fuerzas regulares, milicias auxiliares y campañas aéreas.
Esto crea un círculo peligroso:
- Los insurgentes atacan una localidad o una base.
- Las fuerzas estatales realizan operaciones de represalia.
- Los civiles quedan atrapados o son acusados de colaborar con algún bando.
- El resentimiento facilita nuevos reclutamientos.
- La violencia vuelve a comenzar.
Por eso matar combatientes no equivale necesariamente a debilitar políticamente una insurgencia.
El avance hacia los países costeros
La crisis ya no está confinada a Mali, Burkina Faso y Níger.
Los grupos vinculados a JNIM han ampliado su presencia hacia las fronteras septentrionales de Benín, Togo, Costa de Marfil y Ghana. Informes internacionales llevan años advirtiendo del riesgo de que la violencia se desplace hacia los países costeros de África occidental.
Esta expansión sería estratégica por varias razones:
- acercaría la insurgencia a importantes puertos;
- amenazaría corredores comerciales;
- abriría nuevas rutas de financiación;
- y obligaría a más países a militarizar sus regiones fronterizas.
Los Estados costeros poseen instituciones generalmente más sólidas que los del Sahel central, pero no son inmunes. Sus zonas norteñas suelen estar más alejadas de las capitales y presentan algunas de las mismas carencias que aprovechan los insurgentes.
Los yihadistas empiezan a amenazar las ciudades
Durante años, los grupos armados operaron principalmente en áreas rurales.
Esa situación está cambiando.
En 2026, JNIM reivindicó un ataque contra el aeropuerto internacional de Niamey, que también funciona como un nodo militar estratégico. Murieron soldados y civiles, y el asalto demostró que los insurgentes pueden amenazar infraestructuras situadas en una capital nacional.
En Mali, las operaciones coordinadas contra bases y carreteras también muestran una mayor capacidad para aislar localidades y desafiar al Gobierno lejos de las zonas periféricas.
Esto no significa que los grupos estén a punto de conquistar todas las capitales. Pero sí indica que han evolucionado desde guerrillas rurales hacia organizaciones capaces de combinar ataques dispersos con golpes de alto valor simbólico.
Drones y evolución tecnológica
La guerra del Sahel suele imaginarse como un conflicto de fusiles, camionetas y minas artesanales.
Pero también se está modernizando.
Gobiernos e insurgentes emplean cada vez más:
- drones de reconocimiento;
- municiones improvisadas;
- comunicaciones comerciales;
- propaganda digital;
- vigilancia aérea;
- ataques coordinados contra convoyes.
En los recientes combates del norte de Mali, los rebeldes emplearon drones y armamento pesado, mientras las fuerzas gubernamentales recurrieron a apoyo aéreo y a refuerzos de sus socios regionales.
La tecnología no elimina la naturaleza irregular del conflicto. La vuelve más peligrosa.
Un grupo relativamente pequeño puede observar una columna desde el aire, preparar una emboscada y difundir inmediatamente las imágenes con fines propagandísticos.
Recursos naturales y competencia internacional
El Sahel también posee importantes recursos.
Níger ha sido un productor relevante de uranio. Mali cuenta con oro y otros minerales. En toda la región existen expectativas sobre nuevas explotaciones y corredores comerciales.
Estos recursos tienen una doble importancia:
- pueden financiar al Estado y atraer inversiones;
- pero también alimentan competencia, corrupción, contrabando y rivalidad internacional.
Rusia no observa el Sahel únicamente por razones ideológicas. Busca influencia, acuerdos económicos y acceso a sectores estratégicos. Estados Unidos, China, Turquía y países del Golfo también mantienen intereses en África occidental.
El Sahel se ha convertido así en otro escenario de competencia multipolar.
¿Qué significa todo esto para Europa?
Aunque el conflicto ocurra a miles de kilómetros, Europa no puede ignorarlo.
Terrorismo
Los grupos del Sahel se concentran principalmente en objetivos locales y regionales, pero una expansión sostenida puede facilitar redes de reclutamiento, financiación y propaganda con proyección exterior.
Migración y desplazamiento
La violencia obliga a millones de personas a abandonar sus hogares. La mayoría se desplaza dentro de África, pero una inestabilidad prolongada también presiona las rutas hacia el norte y el Mediterráneo.
Crimen organizado
Las rutas utilizadas para mover migrantes pueden coincidir con redes de tráfico de armas, drogas, combustible y personas.
Influencia rusa
La consolidación de gobiernos próximos a Moscú amplía la presencia rusa al sur de Europa y reduce la capacidad occidental para influir sobre acontecimientos regionales.
Riesgo para los países costeros
Si la insurgencia llega con fuerza a los Estados del golfo de Guinea, puede amenazar economías, puertos y socios comerciales de Europa.
Por ello, considerar el Sahel un problema lejano sería un error estratégico.
¿Ha fracasado Occidente?
La respuesta exige matices.
Las intervenciones occidentales evitaron en determinados momentos que los grupos yihadistas conquistaran ciudades importantes y ayudaron a entrenar ejércitos locales. Pero no consiguieron construir una estabilidad duradera.
Francia cometió errores de percepción. Subestimó el rechazo social, mantuvo relaciones con élites impopulares y presentó éxitos tácticos como si fueran avances estratégicos.
Al mismo tiempo, atribuir toda la crisis a Francia sería igualmente simplista. Los gobiernos locales arrastran problemas históricos de corrupción, exclusión territorial, debilidad institucional y rivalidades internas.
Occidente no creó todos los problemas del Sahel, pero tampoco logró resolverlos.
¿Está funcionando mejor la estrategia rusa?
Hasta ahora, tampoco existe evidencia de una victoria clara.
Rusia ha proporcionado apoyo militar y político a las juntas, pero la violencia continúa. Los gobiernos han recuperado algunas posiciones y han reforzado su capacidad aérea, mientras los insurgentes mantienen la iniciativa en otras zonas.
La estrategia rusa parece priorizar la supervivencia de los regímenes aliados y la protección de centros estratégicos. Eso no equivale necesariamente a reconstruir la administración, reconciliar comunidades o proporcionar servicios públicos.
Moscú puede ayudar a una junta a conservar el poder.
Otra cuestión distinta es si puede ayudarla a gobernar de manera efectiva miles de kilómetros de territorio.
¿Puede ganarse esta guerra únicamente por medios militares?
Probablemente no.
La fuerza militar es necesaria para proteger ciudades, carreteras y población. Ningún proceso político puede prosperar si los grupos armados asesinan a funcionarios y controlan territorios.
Pero la guerra también exige:
- administraciones locales eficaces;
- servicios públicos;
- sistemas judiciales creíbles;
- integración de comunidades marginadas;
- control de los abusos militares;
- oportunidades económicas;
- y cooperación regional.
Sin estos elementos, cada victoria táctica corre el riesgo de ser temporal.
El problema es que los gobiernos militares suelen privilegiar precisamente la herramienta que dominan: la fuerza.
Los posibles escenarios futuros
Una guerra prolongada
Es el escenario más probable. Ningún bando consigue una victoria total y la violencia continúa expandiéndose por zonas rurales y fronterizas.
Consolidación de la AES
Mali, Burkina Faso y Níger profundizan su integración militar, económica y diplomática, apoyados por Rusia y otros socios.
Expansión hacia el golfo de Guinea
Los grupos yihadistas aumentan su presencia en Benín, Togo, Ghana o Costa de Marfil, convirtiendo una crisis saheliana en una crisis de África occidental.
Colapso parcial de algún Estado
Una combinación de derrotas militares, crisis económica y lucha interna podría debilitar gravemente a alguno de los gobiernos.
Negociaciones locales
Algunos Estados podrían buscar acuerdos con determinadas facciones, aunque negociar con movimientos fragmentados y rivales plantea enormes riesgos.
Conclusión
El Sahel es una de las guerras más importantes y menos comprendidas del mundo.
Lo que comenzó como una rebelión en el norte de Mali se ha convertido en una crisis regional que combina yihadismo, separatismo, golpes de Estado, rivalidad internacional y debilidad institucional.
Francia se ha retirado de buena parte de la región. Rusia ocupa parte del espacio dejado atrás. Mali, Burkina Faso y Níger han creado su propia alianza y prometen recuperar la soberanía mediante una estrategia militar común.
Pero el enemigo sigue avanzando.
El verdadero problema del Sahel no es únicamente quién proporciona armas a sus gobiernos. Es la ausencia de Estados capaces de ofrecer seguridad, justicia y oportunidades en territorios enormes y abandonados.
Mientras esa realidad no cambie, los grupos armados seguirán encontrando espacio para operar.
Y si la violencia continúa extendiéndose hacia las costas de África occidental, Europa descubrirá que la guerra olvidada del Sahel nunca estuvo tan lejos como parecía.

