De la guerra al surtidor: por qué un conflicto a miles de kilómetros encarece el combustible y sacude los mercados

Una guerra puede desarrollarse a miles de kilómetros de España y, aun así, terminar afectando al precio que pagamos por llenar el depósito, transportar mercancías, comprar alimentos o financiar una vivienda.

Para entenderlo hay que partir de una idea fundamental: los mercados no esperan a que el petróleo desaparezca físicamente. Los precios pueden subir desde el momento en que aumenta la posibilidad de que una guerra interrumpa el suministro futuro.

Un ataque contra una refinería, la amenaza de cerrar un estrecho, nuevas sanciones o el temor a que el conflicto se extienda pueden bastar para que compradores, aseguradoras, navieras e inversores reaccionen. Esta es la cadena que conecta una guerra lejana con nuestro bolsillo.

El petróleo se compra en un mercado mundial

España no necesita comprar directamente petróleo a un país en guerra para verse afectada.

El crudo se comercializa internacionalmente y sus principales precios de referencia, como el Brent, responden al equilibrio mundial entre oferta y demanda. Si desaparece una parte del suministro, los compradores que dependían de ella tienen que buscar petróleo en otros países. Eso aumenta la competencia por los barriles restantes y presiona los precios para todos.

Por este motivo, decir que España puede evitar el problema simplemente comprando a otro proveedor resulta engañoso. Puede cambiar de vendedor, pero continuará comprando dentro de un mercado afectado por la misma crisis.

Además, buena parte del petróleo se negocia mediante contratos que reflejan expectativas sobre su precio futuro. Si los operadores creen que dentro de varias semanas habrá menos oferta, comienzan a pagar más antes de que la escasez se materialice.

El precio del miedo

En una crisis aparece lo que suele denominarse una prima de riesgo geopolítico. No representa necesariamente petróleo que ya se haya perdido, sino el coste de la incertidumbre.

Los mercados empiezan a calcular diferentes posibilidades:

  • Que una instalación petrolera sea atacada.
  • Que se impongan sanciones a un productor.
  • Que una ruta marítima quede bloqueada.
  • Que las aseguradoras aumenten sus tarifas.
  • Que los barcos tengan que realizar trayectos más largos.
  • Que otros países acumulen reservas preventivamente.

Un ejemplo especialmente claro es el estrecho de Ormuz, situado entre Irán y Omán. Por allí circularon aproximadamente 20 millones de barriles diarios durante 2024, una cantidad equivalente a cerca del 20 % del consumo mundial de líquidos derivados del petróleo. También pasó por el estrecho alrededor de una quinta parte del comercio mundial de gas natural licuado.

Las alternativas terrestres disponibles solamente podrían absorber una fracción de ese tráfico. Por eso una amenaza creíble contra Ormuz puede afectar al petróleo aunque ningún barco haya sido todavía detenido. En junio de 2025, por ejemplo, el Brent subió de 69 a 74 dólares en un día de tensión regional sin que el tráfico marítimo llegara a bloquearse. Datos de la Administración de Información Energética de Estados Unidos.

De Ucrania a Oriente Medio: dos mecanismos diferentes

La invasión rusa de Ucrania mostró cómo una guerra puede alterar simultáneamente los mercados del petróleo, el gas, la electricidad, los cereales, los fertilizantes y el transporte.

Rusia era un proveedor energético fundamental para Europa. La invasión, las sanciones, la reducción de algunos flujos y la búsqueda urgente de proveedores alternativos elevaron el coste de la energía. El gas afectó también a la generación eléctrica, la industria y la fabricación de fertilizantes.

Eso no significa que la guerra fuese la única causa de toda la inflación. Ya existían problemas derivados de la pandemia, la reapertura económica y las cadenas de suministro. Pero el conflicto agravó considerablemente el choque energético.

Una confrontación entre Estados Unidos e Irán tendría un mecanismo parcialmente distinto. Su principal peligro para la economía mundial no sería únicamente la producción iraní. También importaría la posibilidad de ataques contra instalaciones del Golfo, petroleros o rutas como Ormuz.

Cuanto mayor sea el riesgo de extensión regional, mayor será la probabilidad de que suban el petróleo, los seguros marítimos y el coste del transporte.

El petróleo no es todavía gasolina

Otro error frecuente consiste en pensar que el precio del barril se transforma directamente en el precio del surtidor. Entre ambos existen varias etapas:

  1. Compra y transporte del petróleo crudo.
  2. Refinado para convertirlo en gasolina, diésel y otros productos.
  3. Almacenamiento y distribución.
  4. Márgenes mayoristas y minoristas.
  5. Impuestos.
  6. Conversión entre dólares y euros.

Por eso gasolina y diésel pueden evolucionar de manera diferente. Puede existir abundancia de petróleo crudo y, al mismo tiempo, escasez de capacidad para producir determinado combustible. Una avería, una parada de mantenimiento o un ataque contra refinerías puede aumentar especialmente el precio del diésel.

La Administración de Información Energética divide el precio final entre el coste del crudo, el refinado, la distribución, la comercialización y los impuestos. Las proporciones estadounidenses no deben aplicarse directamente a España, pero la estructura general ayuda a entender por qué una subida del petróleo no se transmite de forma idéntica al surtidor. Explicación de la EIA.

El papel del dólar

El petróleo internacional se negocia principalmente en dólares. Para España no importa únicamente cuánto cuesta el barril, sino también cuántos euros hacen falta para comprar esos dólares.

Si durante una crisis el dólar se fortalece frente al euro, las empresas europeas pueden sufrir dos incrementos simultáneos:

  • El petróleo se encarece en dólares.
  • Cada dólar cuesta más euros.

También puede ocurrir lo contrario. Una apreciación del euro puede amortiguar parcialmente una subida del crudo. Por eso el precio del barril y el del combustible español nunca se mueven exactamente en paralelo.

¿Por qué termina subiendo algo más que la gasolina?

La energía está presente en casi todas las cadenas de producción.

Un transportista necesita diésel. Una explotación agrícola consume combustible, electricidad y fertilizantes. Una fábrica necesita energía para producir. Un supermercado depende de camiones, almacenes refrigerados y proveedores.

Cuando esos costes aumentan, las empresas tienen tres opciones principales:

  • Asumirlos y reducir sus beneficios.
  • Subir sus precios.
  • Reducir producción, inversión o empleo.

Normalmente se produce una combinación. Por eso un choque energético puede pasar del surtidor a los alimentos, los billetes de avión, la paquetería, la industria y numerosos servicios.

El Banco de España ha señalado que estos choques afectan a las empresas de forma directa y también indirecta, a través de sus proveedores. Entre los sectores especialmente expuestos se encuentran el transporte, la agricultura, la pesca y otras actividades intensivas en energía. Análisis del Banco de España.

Cómo llega la guerra a la bolsa

Los mercados financieros intentan valorar hoy lo que creen que sucederá mañana. Ante una guerra, los inversores revisan sus previsiones sobre inflación, beneficios empresariales, crecimiento económico y tipos de interés.

Pero esto no significa que toda la bolsa tenga que caer.

Las empresas energéticas pueden beneficiarse de precios elevados. Algunas compañías de defensa pueden recibir más pedidos. En cambio, aerolíneas, transportistas, industrias químicas y negocios con márgenes reducidos pueden verse perjudicados.

También aumenta normalmente la búsqueda de activos considerados más seguros. El dólar, determinados bonos o el oro pueden recibir más demanda, aunque su comportamiento nunca está garantizado y depende de las características concretas de cada crisis.

Inflación, tipos de interés y crecimiento

Si la energía se encarece y las empresas trasladan ese coste al consumidor, aumenta la inflación. Esto plantea un problema para los bancos centrales.

Aunque subir los tipos de interés no produce más petróleo, las autoridades monetarias pueden mantener una política más restrictiva para evitar que el encarecimiento se extienda de forma permanente a salarios y precios.

Eso puede traducirse en:

  • Hipotecas y préstamos más caros.
  • Menor inversión empresarial.
  • Más costes de financiación para los Estados.
  • Menor consumo de los hogares.
  • Peores perspectivas de crecimiento.

El Banco de España explica que una escalada en Oriente Medio puede transmitirse mediante los precios energéticos, pero también por el aumento de la incertidumbre, el deterioro de la confianza y una mayor aversión al riesgo. Informe sobre energía y mercados financieros.

¿Por qué el combustible no cambia inmediatamente?

Las gasolineras no compran cada litro al precio exacto del barril de ese día. Existen inventarios, contratos previos, costes logísticos y precios mayoristas de los productos refinados.

Esto genera retrasos. Una subida del petróleo puede tardar en llegar al surtidor y una bajada tampoco tiene por qué reflejarse inmediatamente. También influye el coste de reposición: una empresa puede ajustar sus precios pensando en cuánto tendrá que pagar para reemplazar el combustible que está vendiendo.

Que existan retrasos o movimientos desiguales no demuestra por sí solo una manipulación. Para estudiarlo hay que comparar el precio del crudo, las cotizaciones mayoristas de gasolina y diésel, el tipo de cambio, los impuestos y los márgenes de distribución.

Los precios españoles pueden consultarse en el portal oficial del Ministerio para la Transición Ecológica.

Una guerra no siempre provoca una gran subida

No todos los conflictos tienen el mismo impacto económico. Para que el petróleo suba de manera duradera, el mercado debe percibir un riesgo real para la producción o el transporte.

El efecto puede ser limitado si:

  • El conflicto permanece contenido.
  • No afecta a productores o rutas relevantes.
  • Otros países aumentan rápidamente su oferta.
  • Se liberan reservas estratégicas.
  • La demanda mundial está debilitándose.
  • El mercado ya había anticipado el riesgo.

Los precios también pueden retroceder con rapidez cuando desaparece la amenaza. Por eso conviene desconfiar tanto de quienes aseguran que una guerra no tendrá consecuencias como de quienes anuncian automáticamente una catástrofe económica.

Qué indicadores conviene observar

Para saber si una crisis puede llegar realmente al bolsillo, hay que mirar algo más que las imágenes del frente:

  • Precio del Brent.
  • Cotizaciones mayoristas de gasolina y diésel.
  • Tráfico por Ormuz, Bab el-Mandeb y Suez.
  • Costes de transporte y seguros marítimos.
  • Ataques o averías en refinerías y terminales.
  • Cambio entre euro y dólar.
  • Producción y capacidad disponible de la OPEP+.
  • Inventarios y reservas estratégicas.
  • Nuevas sanciones.
  • Expectativas sobre los tipos de interés.

Del campo de batalla a nuestro bolsillo

Una guerra lejana no encarece el combustible por una sola causa. Lo hace mediante una cadena de expectativas, producción, rutas marítimas, seguros, refinado, divisas, inflación y política monetaria.

El mercado puede reaccionar antes de que falte petróleo porque compra y vende expectativas sobre el futuro. Después, el aumento del coste energético se transmite al transporte y a las empresas. Finalmente, puede alcanzar los precios, el empleo, las hipotecas y el crecimiento económico.

El depósito de un coche parece un producto local, pero es el último eslabón de una cadena profundamente globalizada. Por eso una explosión a miles de kilómetros puede terminar apareciendo, semanas después, en el cartel luminoso de una gasolinera española.