Cuando pensamos en Internet solemos imaginar satélites, antenas y grandes centros de datos. Sin embargo, la infraestructura que mantiene conectado al planeta se encuentra, en gran parte, oculta bajo los océanos.
Más del 99 % del tráfico internacional de datos circula a través de cables submarinos. Por ellos pasan videollamadas, operaciones bancarias, comunicaciones empresariales, servicios en la nube y una parte esencial de la información utilizada por gobiernos y Fuerzas Armadas.
Son las arterias de la economía digital. También se han convertido en uno de los objetivos más vulnerables de la guerra híbrida.
Cómo funciona Internet bajo el mar
Los cables submarinos modernos contienen pares de fibra óptica que transmiten enormes cantidades de información mediante pulsos de luz. A lo largo de la ruta disponen de repetidores que amplifican la señal para que pueda recorrer miles de kilómetros.
En las zonas profundas del océano pueden tener aproximadamente el grosor de una manguera. Cerca de la costa reciben capas adicionales de protección porque es allí donde aumenta el riesgo de sufrir daños por anclas, pesca, obras o actividad humana.
Cada cable une estaciones terrestres desde las que la información se conecta con las redes nacionales. Esas estaciones de llegada son tan importantes como el propio tendido submarino: concentran infraestructuras, energía y equipos de comunicaciones en lugares concretos.
La aparente fragilidad de estos cables contrasta con la enorme cantidad de datos que transportan.
La mayoría de las roturas no son sabotajes
Que un cable resulte dañado no significa necesariamente que haya sido atacado.
Según los datos recogidos por la Unión Internacional de Telecomunicaciones, en 2023 se registraron alrededor de 200 fallos. Aproximadamente el 80 % estuvo relacionado con accidentes o causas naturales.
Las anclas y las redes de pesca representan una parte importante de los incidentes. Los terremotos, corrimientos submarinos y erupciones volcánicas también pueden dañar simultáneamente varios cables.
La diferencia entre accidente y sabotaje resulta difícil de demostrar. Un buque puede arrastrar un ancla por error, pero también puede hacerlo deliberadamente y aparentar que se trató de una negligencia.
Esa ambigüedad convierte los cables en objetivos idóneos para la guerra híbrida: es posible causar daños importantes sin asumir inmediatamente la responsabilidad.
El Báltico como laboratorio de la guerra híbrida
Desde la invasión rusa de Ucrania, Europa ha registrado varios incidentes que afectaron a gasoductos, cables eléctricos y líneas de telecomunicaciones en el mar Báltico.
No todos han sido atribuidos formalmente a un Estado. Sin embargo, la repetición de daños, el comportamiento sospechoso de algunos barcos y su vinculación con flotas utilizadas para eludir sanciones han aumentado la preocupación europea.
En enero de 2025, la OTAN lanzó la actividad Baltic Sentry para reforzar la vigilancia de las infraestructuras submarinas. La operación incorpora fragatas, aviones de patrulla marítima, sistemas de vigilancia nacionales y vehículos navales no tripulados.
Finlandia también ha desarrollado ejercicios para interceptar y abordar rápidamente barcos sospechosos de dañar cables. La protección de estas infraestructuras ya no se considera únicamente una tarea policial o comercial: se ha convertido en una misión de seguridad nacional.
¿Se podría apagar Internet cortando los cables?
La respuesta corta es que cortar un único cable normalmente no apagaría Internet.
Las redes están diseñadas con cierta redundancia. Cuando una ruta falla, buena parte del tráfico puede desviarse por otros cables. El resultado suele ser una reducción de velocidad, aumento de la latencia o saturación temporal.
Pero esa resiliencia tiene límites.
Un territorio insular conectado mediante pocos cables puede quedar gravemente aislado si varios se dañan al mismo tiempo. Un ataque coordinado contra diferentes rutas y estaciones de llegada también podría provocar interrupciones regionales mucho más importantes.
La reparación tampoco es inmediata. Primero hay que localizar exactamente el punto de la rotura, movilizar uno de los escasos barcos especializados, recuperar el cable desde el fondo, sustituir la sección dañada y realizar pruebas. El proceso puede demorarse por el clima, la profundidad, la disponibilidad de buques y los permisos necesarios.
El objetivo de un ataque no tendría por qué ser desconectar completamente un país. Bastaría con degradar sus comunicaciones durante una crisis, aumentar la incertidumbre y obligarlo a desviar recursos hacia la reparación y protección de la red.
España también forma parte de esta red estratégica
España ocupa una posición importante entre el Atlántico, el Mediterráneo, Europa y África. Diferentes cables internacionales llegan a la Península y Canarias, conectando el país con América, el norte de Europa y el continente africano.
Dos ejemplos especialmente importantes llegan a Sopela, muy cerca de Bilbao.
El cable MAREA, promovido por Microsoft, Meta y Telxius, conecta Virginia Beach con la costa vizcaína. Cuando se completó en 2017 era uno de los cables transatlánticos de mayor capacidad.
A este se sumó Grace Hopper, financiado por Google, que conecta Nueva York con Reino Unido y España. Su llegada a Sopela convirtió el entorno de Bilbao en un nodo relevante de las comunicaciones transatlánticas.
Esto ofrece ventajas económicas y tecnológicas, pero también crea una responsabilidad. Las estaciones terrestres, las playas de llegada y las rutas próximas a la costa necesitan protección física y digital.
Los cables energéticos también son importantes. España está conectada con Marruecos mediante líneas eléctricas submarinas a través del Estrecho y con Baleares mediante conexiones bajo el Mediterráneo.
La seguridad del fondo marino afecta, por tanto, tanto a las comunicaciones como al suministro energético.
Cómo se protege una infraestructura tan extensa
Es imposible vigilar permanentemente cada kilómetro de cable. La protección debe basarse en varias capas.
La primera es la redundancia: construir rutas alternativas para que la pérdida de una conexión no provoque un aislamiento total.
La segunda consiste en vigilar los barcos que se aproximan a zonas sensibles. Los sistemas de identificación, radares, patrullas aéreas y satélites permiten detectar cambios extraños de rumbo o embarcaciones que reducen la velocidad sobre un cable.
La tercera es disponer de buques y equipos de reparación capaces de reaccionar con rapidez. Una infraestructura resiliente no es aquella que nunca sufre daños, sino la que puede continuar funcionando y recuperarse rápidamente.
La Unión Europea aprobó en 2025 un plan para reforzar la prevención, detección, respuesta y reparación. La OTAN, por su parte, ha aumentado su presencia naval y la cooperación con las empresas propietarias.
El nuevo frente invisible
Los cables submarinos demuestran que la guerra moderna no se desarrolla únicamente en trincheras, bases o espacios aéreos.
También se libra contra redes digitales, satélites, gasoductos, centros de datos y conexiones energéticas. Son objetivos capaces de afectar a millones de personas sin necesidad de lanzar un ataque militar convencional.
Su principal protección sigue siendo la capacidad de resistir: más rutas, mejor vigilancia, reparaciones rápidas y cooperación entre Estados y empresas.
Bajo las aguas se encuentra una infraestructura que apenas vemos, pero de la que depende casi todo. La guerra del futuro puede comenzar cortando un cable antes de que se dispare el primer misil.
Imagen destacada: datos de cables proporcionados por Greg Mahlknecht; mapa elaborado por colaboradores de OpenStreetMap. Wikimedia Commons — CC BY-SA 2.0.

