Durante décadas, la posible ruptura del Reino Unido se presentó como una aspiración casi exclusiva del independentismo escocés. Sin embargo, el escenario político ha cambiado. Los partidos nacionalistas encabezan ahora los gobiernos de Escocia, Gales e Irlanda del Norte y han comenzado a coordinar su presión sobre Westminster.
La imagen de una alianza entre las tres naciones periféricas resulta enormemente poderosa: Escocia reclama una nueva oportunidad para votar sobre su independencia, Gales exige un autogobierno mucho mayor e Irlanda del Norte dispone de una vía legal para abandonar el Reino Unido y reunificarse con la República de Irlanda.
Pero ¿estamos realmente ante el principio del fin del Reino Unido o ante una nueva negociación sobre el reparto de poder?
Un Estado formado por cuatro naciones

El Reino Unido está compuesto por Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. No es una federación convencional, sino un Estado donde Westminster conserva la soberanía última y ha transferido determinadas competencias a los parlamentos y gobiernos territoriales.
La unión política entre Inglaterra y Escocia se formalizó en 1707. En 1801 se incorporó Irlanda, aunque la mayor parte de la isla abandonó posteriormente el Reino Unido y dio origen al actual Estado irlandés. Solo seis condados del norte permanecieron bajo soberanía británica.
Esa historia explica por qué no existe un único movimiento separatista. Escocia busca convertirse en un Estado independiente; Gales debate entre ampliar su autonomía o alcanzar algún día la independencia; e Irlanda del Norte estudia una posible reunificación con otro país ya existente.
2026: un punto de inflexión político
Las elecciones de 2026 han reforzado a los partidos nacionalistas. El Partido Nacional Escocés volvió a ser la primera fuerza del Parlamento escocés con 58 escaños. En Gales, Plaid Cymru consiguió 43 y formó por primera vez el Gobierno galés. En Irlanda del Norte, Sinn Féin continúa encabezando el Ejecutivo compartido.
En septiembre, dirigentes del SNP, Plaid Cymru y Sinn Féin firmaron un memorando para coordinar su defensa del derecho de autodeterminación. El documento no inicia ningún procedimiento legal de separación, pero transmite una imagen inédita: los tres gobiernos territoriales están encabezados por fuerzas partidarias de abandonar el Reino Unido o modificar profundamente su estructura.
Sin embargo, los tres movimientos parten de situaciones muy diferentes.
Escocia: el desafío más avanzado
Escocia celebró en 2014 un referéndum de independencia autorizado por Londres. El 55,25 % votó a favor de permanecer en el Reino Unido y el 44,65 % respaldó la separación.
Los independentistas consideran que el Brexit alteró las condiciones de aquella decisión. Escocia votó mayoritariamente por permanecer en la Unión Europea, pero terminó abandonándola como consecuencia del resultado conjunto del Reino Unido.
Una encuesta reciente de Norstat sitúa el respaldo a la independencia en el 52 %. La cifra ascendería al 65 % en un escenario en el que Reform UK llegara al Gobierno británico. Se trata de una señal política importante, aunque una sola encuesta no permite asegurar que exista una mayoría estable.
El principal obstáculo no es únicamente electoral, sino jurídico. En 2022, el Tribunal Supremo británico determinó que el Parlamento escocés no puede convocar unilateralmente un referéndum de independencia porque la unión entre Escocia e Inglaterra es una materia reservada a Westminster.
Por tanto, para repetir legalmente la consulta de 2014 sería necesario un acuerdo político con el Gobierno británico o una modificación de la legislación vigente. Londres conserva así la capacidad de bloquear el referéndum, aunque hacerlo indefinidamente podría aumentar la frustración independentista.
Gales: el nacionalismo crece, pero todavía no es mayoritario
El avance de Plaid Cymru representa un cambio histórico. El partido ha desplazado al laborismo del Gobierno galés y reclama nuevas competencias sobre justicia, policía, ferrocarriles y recursos naturales.
No obstante, ganar unas elecciones no equivale a disponer de una mayoría favorable a la independencia. Las encuestas recientes sitúan ese apoyo alrededor del 32 %, claramente por debajo del registrado en Escocia.
Además, Plaid Cymru ha descartado celebrar un referéndum durante su primera legislatura. Su estrategia inmediata pasa por fortalecer las instituciones galesas, demostrar capacidad de gobierno y reducir la dependencia política y económica respecto a Londres.
Gales tampoco dispone de un procedimiento automático para separarse. Como sucede con Escocia, necesitaría negociar con Westminster una autorización o una reforma constitucional.
Por ahora, el nacionalismo galés supone una presión creciente sobre el Estado británico, pero no una amenaza inmediata de ruptura.
Irlanda del Norte: la única con una puerta legal de salida
Irlanda del Norte constituye el caso más delicado. Aquí no se debate la creación de un nuevo Estado, sino la posible reunificación con la República de Irlanda.
El Acuerdo de Viernes Santo de 1998 establece el principio de consentimiento: Irlanda del Norte permanecerá en el Reino Unido mientras así lo quiera la mayoría de su población. Si una mayoría respaldara la reunificación, los gobiernos británico e irlandés deberían activar el proceso político correspondiente.
La legislación permite al secretario de Estado británico convocar una consulta fronteriza y le obliga a hacerlo cuando considere probable que una mayoría votaría a favor de una Irlanda unida.
Las encuestas todavía no reflejan esa mayoría. Un promedio reciente sitúa el apoyo a la reunificación aproximadamente en el 35 %, mientras un 17 % permanece indeciso. Sin embargo, el Brexit, las relaciones económicas con la República de Irlanda y los cambios generacionales mantienen abierta la cuestión.
A diferencia de Escocia y Gales, Irlanda del Norte ya posee una vía legal reconocida para modificar su soberanía. Por eso algunos analistas consideran que una reunificación irlandesa podría producirse antes que la independencia escocesa.
Reform UK y el crecimiento del nacionalismo inglés
El auge de Reform UK también está influyendo en el debate territorial. Una parte de los votantes escoceses y galeses percibe el crecimiento del partido como una muestra de que Inglaterra avanza políticamente en una dirección diferente.
Esta divergencia puede reforzar a quienes sostienen que las distintas naciones ya no comparten un proyecto político común. Paradójicamente, el nacionalismo inglés podría terminar alimentando los movimientos nacionalistas que pretende combatir.
A esto se suma la sensación de que Westminster concentra demasiado poder, especialmente después del Brexit. Para los gobiernos territoriales, algunas competencias que antes se ejercían desde Bruselas no fueron transferidas plenamente a Edimburgo, Cardiff o Belfast, sino recuperadas por Londres.
Las consecuencias militares de una ruptura

La separación de Escocia no sería únicamente una cuestión territorial. La base naval de Clyde, formada por Faslane y Coulport, alberga los submarinos nucleares británicos y el almacenamiento y carga de las ojivas utilizadas por el sistema Trident.
Una Escocia independiente contraria a mantener armamento nuclear en su territorio obligaría a Londres a negociar la permanencia temporal de las instalaciones o a buscar una alternativa extremadamente costosa.
También sería necesario repartir unidades militares, bases, efectivos, infraestructuras, deuda pública y recursos marítimos. La pertenencia de una Escocia independiente a la OTAN y su relación con la Unión Europea requerirían nuevas negociaciones.
Irlanda del Norte tiene además una enorme importancia estratégica por su posición en el Atlántico y por el equilibrio político establecido tras décadas de violencia. Una reunificación mal gestionada podría reabrir tensiones comunitarias que el Acuerdo de Viernes Santo consiguió reducir.
La desaparición del Reino Unido actual también transformaría el peso internacional de Londres, aunque Inglaterra seguiría contando con la gran mayoría de su población, economía y capacidades militares.
¿Está realmente cerca la ruptura?
No parece probable que el Reino Unido desaparezca a corto plazo. Escocia carece actualmente de autorización para celebrar otra consulta, la independencia continúa siendo minoritaria en Gales y las encuestas norirlandesas todavía no ofrecen una mayoría favorable a la reunificación.
Sin embargo, tampoco puede afirmarse que el sistema permanezca estable. Por primera vez, los gobiernos de las tres naciones autónomas están encabezados por partidos que cuestionan de distintas maneras su permanencia en el Estado británico.
El escenario más probable a corto plazo no es una ruptura inmediata, sino una negociación cada vez más dura sobre competencias, financiación y capacidad de decisión. Londres puede responder con una mayor descentralización o mantener el bloqueo constitucional.
La primera alternativa podría estabilizar la unión. La segunda corre el riesgo de convertir el malestar político en una mayoría separatista sostenida.
Una unión que ya no puede darse por garantizada
El Reino Unido no está a punto de desaparecer mañana, pero su continuidad ya no puede considerarse automática. Escocia representa el desafío independentista más avanzado, Irlanda del Norte posee la vía jurídica más clara y Gales atraviesa una transformación política que podría alterar su relación histórica con Londres.
La denominada alianza celta todavía tiene más fuerza simbólica que capacidad legal. Sin embargo, refleja una realidad profunda: tres de las cuatro naciones del Reino Unido están cuestionando simultáneamente cómo se reparte el poder.
La pregunta ya no es únicamente si alguna de ellas conseguirá marcharse. También es cuánto tendrá que cambiar el Reino Unido para evitarlo.
Imagen destacada: Rian (Ree) Saunders / Wikimedia Commons — CC BY 2.0.

