Groenlandia: el siglo de intentos de Estados Unidos por controlar el Ártico

Groenlandia no ha sido comprada ni anexionada por Estados Unidos. Continúa siendo un territorio autónomo integrado en el Reino de Dinamarca y conserva su derecho a decidir su futuro. Sin embargo, Washington acaba de conseguir algo que, desde el punto de vista militar, puede resultar casi tan importante como poseer la isla: ampliar considerablemente su presencia y garantizar su acceso estratégico a largo plazo.

El acuerdo firmado el 22 de septiembre de 2026 por Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia autoriza la modernización de las instalaciones estadounidenses existentes y la creación de nuevas áreas de defensa. Los planes conocidos contemplan reforzar la base espacial de Pituffik y abrir dos nuevos emplazamientos en Narsarsuaq, al sur de la isla, y Mestersvig, en su costa oriental.

El pacto ha rebajado una tensión diplomática que llevaba meses creciendo. Washington obtiene una presencia militar mayor, Dinamarca conserva formalmente su soberanía y el Gobierno groenlandés mantiene reconocido su derecho de autodeterminación.

Pero para comprender por qué Estados Unidos concede tanta importancia a un territorio cubierto casi completamente por hielo hay que mirar mucho más atrás.

Una isla entre América, Europa y Rusia

Mapa: University of Texas Libraries, vía Wikimedia Commons. Dominio público.

Groenlandia es la isla más grande del planeta y ocupa una posición excepcional entre el océano Ártico y el Atlántico Norte. Aunque políticamente se encuentra vinculada a Europa a través de Dinamarca, geográficamente forma parte de América del Norte.

Su valor estratégico no depende únicamente de su tamaño. Desde Groenlandia pueden vigilarse las rutas aéreas y marítimas que conectan Rusia con América del Norte. La trayectoria más corta de numerosos misiles lanzados desde territorio ruso hacia Estados Unidos o Canadá atraviesa precisamente el espacio ártico.

Por eso Groenlandia funciona como una enorme plataforma adelantada de vigilancia. Desde allí es posible detectar lanzamientos de misiles, seguir satélites, controlar parte del Atlántico Norte y observar los movimientos militares en el Ártico.

El deshielo está añadiendo otra dimensión al problema. Las rutas marítimas septentrionales permanecen abiertas durante periodos cada vez mayores y podrían reducir determinados trayectos entre Asia, Europa y América. Rusia domina buena parte de la costa ártica, mientras que China intenta aumentar su presencia económica y científica en la región.

Groenlandia se encuentra en medio de esa competencia.

Los primeros intentos de compra

El interés estadounidense no comenzó con Donald Trump. Después de adquirir Alaska a Rusia en 1867, el secretario de Estado William Seward estudió la posible incorporación de Groenlandia e Islandia.

La operación nunca llegó a formalizarse, pero reveló una idea que se repetiría durante las décadas siguientes: controlar Groenlandia permitiría a Estados Unidos ampliar su influencia sobre el Atlántico Norte y reforzar la defensa del continente americano.

La isla volvió a cobrar importancia durante la Segunda Guerra Mundial. Alemania ocupó Dinamarca en abril de 1940, dejando Groenlandia aislada de Copenhague y expuesta a una posible intervención alemana.

En 1941, el representante danés en Washington firmó un acuerdo que permitía a Estados Unidos construir instalaciones militares en Groenlandia. El pacto reconocía expresamente la soberanía danesa, pero otorgaba a Washington amplios derechos para utilizar las zonas que considerase necesarias para la defensa.

Estados Unidos construyó aeródromos, estaciones meteorológicas y puntos de abastecimiento. Groenlandia se convirtió en una escala esencial para trasladar aviones y material desde América del Norte hacia Europa.

Cien millones de dólares en oro

Terminada la guerra, Washington no perdió el interés. En 1946, el Gobierno estadounidense ofreció secretamente a Dinamarca cien millones de dólares en oro para adquirir Groenlandia.

Copenhague rechazó la propuesta.

El intento se produjo al comienzo de la Guerra Fría, cuando Estados Unidos consideraba que la isla era imprescindible para contener a la Unión Soviética. Los bombarderos, misiles y radares soviéticos transformaron el Ártico en una posible primera línea de un conflicto nuclear.

Estados Unidos no consiguió comprar el territorio, pero obtuvo algo más práctico: derechos militares de larga duración.

El acuerdo de defensa de 1951 permitió ampliar la presencia estadounidense y construir la base aérea de Thule, conocida actualmente como base espacial de Pituffik. Durante la Guerra Fría llegaron a existir numerosas instalaciones estadounidenses repartidas por Groenlandia.

Pituffik, los ojos de Estados Unidos en el norte

Fotografía: JoAnne Castagna / U.S. Army Corps of Engineers, vía Wikimedia Commons. Dominio público.

Pituffik se encuentra en el noroeste de Groenlandia, aproximadamente 1.200 kilómetros al norte del círculo polar ártico. Su posición permite observar el espacio situado entre Rusia y América del Norte.

En 1961 entró en servicio allí uno de los primeros sistemas estadounidenses de alerta temprana contra misiles balísticos. Su misión consistía en detectar un posible ataque soviético y proporcionar a Washington unos minutos adicionales para reaccionar.

Actualmente, Pituffik continúa cumpliendo tres funciones esenciales: detectar lanzamientos de misiles, vigilar objetos y satélites en el espacio y facilitar las comunicaciones con vehículos espaciales estadounidenses.

La base no es simplemente un vestigio de la Guerra Fría. Forma parte de la arquitectura moderna de defensa antimisiles y vigilancia espacial de Estados Unidos y de Norteamérica.

Su importancia aumentará si Washington desarrolla nuevos sistemas defensivos capaces de detectar y seguir misiles balísticos, hipersónicos o lanzados desde submarinos.

La ciudad oculta bajo el hielo

Fotografía: U.S. Army Cold Regions Research and Engineering Laboratory, vía Wikimedia Commons. Dominio público.

La presencia estadounidense también dejó uno de los proyectos militares más llamativos de la Guerra Fría.

En 1959, el Ejército de Estados Unidos comenzó a construir Camp Century, una instalación excavada bajo el hielo groenlandés. Oficialmente se presentó como una base científica destinada a estudiar las condiciones del Ártico.

Sin embargo, Camp Century estaba relacionada con el secreto Proyecto Iceworm. El objetivo era estudiar la posibilidad de construir una enorme red de túneles bajo el hielo donde pudieran ocultarse cientos de misiles nucleares móviles.

El hielo debía proteger las instalaciones y dificultar que la Unión Soviética localizase los misiles. Pero el proyecto tenía un problema fundamental: la capa de hielo no era estable. Su movimiento deformaba progresivamente los túneles y hacía imposible mantener una infraestructura de aquellas dimensiones.

Camp Century terminó abandonándose y la red de misiles nunca llegó a construirse. Aun así, el proyecto demuestra hasta dónde estaba dispuesto a llegar Estados Unidos para utilizar Groenlandia como plataforma estratégica.

Trump recupera una vieja ambición

En 2019, durante su primer mandato, Donald Trump confirmó que estaba interesado en comprar Groenlandia. La propuesta provocó una crisis diplomática con Dinamarca y fue rechazada tanto por Copenhague como por las autoridades groenlandesas.

La respuesta fue sencilla: Groenlandia no estaba en venta.

El asunto volvió con mucha más fuerza durante su segundo mandato. Trump argumentó que Estados Unidos necesitaba garantizar el control estratégico de la isla para impedir una mayor presencia de Rusia y China.

Las amenazas y la presión estadounidense generaron preocupación entre sus propios aliados. Una disputa territorial entre miembros de la OTAN habría perjudicado gravemente a la Alianza y proporcionado a Moscú una oportunidad para explotar sus divisiones internas.

El acuerdo de septiembre de 2026 ofrece una salida intermedia. Estados Unidos no obtiene la propiedad de Groenlandia, pero sí amplía su capacidad para operar militarmente desde ella.

Además de Pituffik, los nuevos planes incluyen Narsarsuaq, un antiguo aeródromo utilizado durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, y Mestersvig, un remoto enclave de la costa oriental empleado por las fuerzas danesas.

La presencia militar estadounidense podrá extenderse así por el norte, el sur y el este de la isla.

No es solamente una cuestión militar

Groenlandia también posee importantes recursos naturales. Las investigaciones geológicas han identificado presencia de tierras raras y otros minerales considerados críticos para las industrias tecnológica, energética y militar.

Estos materiales son necesarios para fabricar radares, sistemas electrónicos, turbinas, baterías, vehículos eléctricos y numerosos componentes militares. China domina actualmente gran parte del procesamiento mundial de tierras raras, por lo que Estados Unidos y la Unión Europea buscan proveedores alternativos.

No obstante, disponer de recursos en el subsuelo no significa que su explotación sea inmediata. El clima extremo, la ausencia de infraestructuras, los costes de transporte y el impacto medioambiental dificultan enormemente muchos proyectos.

La relevancia de Groenlandia reside en la combinación de todos estos factores: posición geográfica, vigilancia espacial, defensa antimisiles, rutas marítimas y minerales estratégicos.

Groenlandia no es un territorio vacío

En esta disputa se corre el riesgo de hablar de Groenlandia como si fuese únicamente un mapa, una base militar o una reserva de minerales.

La isla tiene una población de alrededor de 57.000 habitantes, mayoritariamente inuit, y dispone de un amplio autogobierno desde 2009. Dinamarca conserva competencias importantes en defensa y política exterior, pero Groenlandia administra buena parte de sus asuntos internos y reconoce el derecho de su población a decidir sobre una futura independencia.

Una separación de Dinamarca no implicaría necesariamente una ruptura con Estados Unidos. El nuevo acuerdo está diseñado para mantener la cooperación militar incluso si Groenlandia se convierte algún día en un Estado independiente.

Esa posibilidad plantea una cuestión delicada. La presencia estadounidense puede proporcionar seguridad, inversión e infraestructuras, pero también puede generar una dependencia estratégica que limite la libertad de decisión del futuro Estado groenlandés.

Control sin anexión

El acuerdo de 2026 no convierte Groenlandia en territorio estadounidense. Tampoco entrega toda su seguridad a Washington de forma unilateral. Dinamarca, Groenlandia y la OTAN continúan formando parte del sistema de defensa del Ártico.

Pero Estados Unidos ha conseguido consolidar su posición sin necesidad de comprar la isla.

Washington conservará Pituffik, desarrollará dos nuevos emplazamientos y aumentará su capacidad para vigilar los accesos al continente norteamericano. También dificulta que Rusia, China u otras potencias puedan adquirir una presencia estratégica comparable.

Groenlandia continúa siendo groenlandesa y permanece vinculada al Reino de Dinamarca. Sin embargo, desde el punto de vista militar, está cada vez más integrada en el sistema defensivo de Estados Unidos.

La gran disputa del Ártico no comenzará necesariamente con una invasión ni con una bandera plantada sobre el hielo. Se está desarrollando mediante bases, radares, acuerdos, inversiones y control de infraestructuras.

Estados Unidos no ha comprado Groenlandia. Pero después de más de un siglo intentándolo, acaba de asegurar gran parte de lo que realmente buscaba.

Imagen destacada: U.S. Space Force / Staff Sgt. Jaime Sanchez, vía Wikimedia Commons. Dominio público.