Microondas contra drones: la nueva defensa frente a los enjambres

La revolución de los drones ha creado un problema que no se resuelve únicamente con mejores radares o misiles más precisos. También ha provocado un desequilibrio económico: un atacante puede lanzar decenas de aeronaves relativamente baratas y obligar al defensor a consumir interceptores mucho más costosos y difíciles de reponer.

El cálculo no debe reducirse a comparar el precio del dron con el del misil. Un interceptor caro puede estar justificadamente protegiendo una base, un buque o una infraestructura cuyo valor es muchísimo mayor. El verdadero problema aparece cuando los ataques se repiten, aumentan de tamaño y agotan antes los arsenales defensivos que la capacidad del adversario para producir nuevos drones.

Ese es el desafío al que pretende responder la nueva arquitectura presentada por BAE Systems en la feria AUSA 2026. La compañía propone combinar dos capas: un sistema de microondas de alta potencia para neutralizar grupos de drones y un cañón capaz de emplear proyectiles hiperveloces guiados contra las amenazas que necesiten una destrucción física.

No se trata todavía de un escudo operativo capaz de volver inútiles todos los drones. Ambos sistemas continúan en fase de prototipo y muchas de sus prestaciones permanecen sin revelar. Sin embargo, muestran hacia dónde está evolucionando la defensa antiaérea: dejar de responder a cada amenaza con un misil y elegir el efecto más barato y adecuado para cada blanco.

El problema económico de la defensa antiaérea

Los drones de ataque unidireccional pueden fabricarse en grandes cantidades utilizando motores sencillos, navegación comercial y componentes relativamente accesibles. Sus prestaciones son inferiores a las de un misil de crucero avanzado, pero no necesitan sobrevivir: únicamente deben alcanzar el objetivo o forzar al defensor a gastar recursos para impedirlo.

Las estimaciones varían según el modelo y su configuración, pero el coste de un Shahed se sitúa habitualmente en decenas de miles de dólares. Frente a ellos, determinados interceptores occidentales superan ampliamente el millón de dólares. Eso no significa que siempre se empleen sistemas Patriot o equivalentes contra estos aparatos, pero ilustra la presión que una campaña prolongada puede ejercer sobre las reservas.

La cantidad importa tanto como el precio. Un sistema antiaéreo puede detectar y destruir varios blancos, pero cada lanzador transporta un número limitado de interceptores y después debe recargarse. Un enjambre busca precisamente saturar esa cadena: presentar más amenazas de las que los sensores, operadores y armas pueden procesar a tiempo.

La respuesta más realista no es encontrar un único sistema perfecto, sino construir una defensa por capas. La guerra electrónica, los drones interceptores, los cañones, los láseres, las microondas y los misiles deben repartirse los blancos según su peligrosidad, distancia y valor.

HPM: un pulso invisible contra la electrónica

Sistema de microondas de alta potencia desplegado durante una demostración contra drones en Filipinas, en abril de 2025.

La primera propuesta de BAE Systems se denomina High Power Microwave, o HPM. En lugar de lanzar una munición, genera pulsos de energía electromagnética dirigidos hacia el espacio ocupado por la amenaza. Esa energía puede inducir corrientes dentro de los circuitos, alterar sensores y sistemas de control o dañar componentes electrónicos esenciales.

La diferencia con un inhibidor convencional es importante. Un inhibidor intenta interrumpir la comunicación o la navegación del dron. Una microonda de alta potencia busca producir directamente un efecto sobre su electrónica. Por eso podría seguir siendo útil contra aparatos autónomos o resistentes a la interferencia de radiofrecuencia, aunque su eficacia dependerá del diseño y del nivel de protección del blanco.

También se diferencia de un láser. El láser concentra energía sobre un punto concreto y debe mantener el haz el tiempo suficiente para quemar o dañar físicamente el objetivo. Un sistema HPM puede cubrir un volumen mayor y afectar a varios drones dentro de su área de acción, una característica especialmente valiosa frente a enjambres.

BAE asegura que su arquitectura utiliza un 99 % de componentes comerciales y que ha alcanzado el nivel de madurez tecnológica TRL 6, lo que significa que se ha demostrado en un entorno relevante, pero no que ya esté plenamente desplegada. La compañía también habla de miles de millones de pulsos realizados durante las pruebas. Son datos proporcionados por el propio fabricante y todavía deberán confirmarse mediante evaluaciones operativas independientes.

Su principal atractivo es el llamado “cargador prácticamente inagotable”. Mientras el sistema disponga de energía y pueda gestionar el calor generado, no necesita recargar misiles ni proyectiles después de cada intervención. El coste marginal de un nuevo disparo puede ser bajo, pero eso no convierte al conjunto en gratuito: siguen existiendo los costes de adquisición, generación eléctrica, mantenimiento, sensores, personal y protección del propio sistema.

MDACS: la capa cinética

Las microondas no sirven para todas las amenazas. Algunos blancos pueden estar endurecidos frente a pulsos electromagnéticos, encontrarse fuera del alcance eficaz o exigir una destrucción física inequívoca. Para esos casos, BAE presentó también el Multi-Domain Artillery Cannon System, conocido como MDACS.

El sistema emplearía el Hypervelocity Projectile, un proyectil guiado de baja resistencia aerodinámica diseñado para alcanzar gran velocidad sin necesitar el motor de un misil antiaéreo convencional. Al ser más pequeño que un misil, permitiría disponer de una mayor cantidad de munición y ofrecer una respuesta más sostenible contra drones y determinadas amenazas aéreas.

MDACS también podría utilizar el proyectil Scorpio-XR contra objetivos terrestres fijos o móviles. Esta doble función refleja una tendencia más amplia: los ejércitos buscan armas capaces de cambiar rápidamente entre defensa antiaérea, fuego terrestre y protección de fuerzas desplegadas.

BAE afirma que el conjunto puede transportarse en un C-130 e integrarse con redes de sensores y mando ya existentes. No obstante, todavía faltan datos públicos esenciales, como el coste real de cada proyectil, el alcance efectivo contra distintos objetivos o el calendario de entrada en servicio.

Una defensa por capas, no un arma milagrosa

La utilidad de ambos sistemas aparece cuando se integran con otras capacidades. Los sensores detectarían y clasificarían la incursión; la guerra electrónica intentaría cortar enlaces y navegación; las microondas actuarían contra concentraciones de drones; los cañones o drones interceptores se ocuparían de los aparatos supervivientes; y los misiles quedarían reservados para blancos rápidos, lejanos o de mayor valor.

Esta lógica permite conservar los interceptores más caros, pero también reduce la posibilidad de que una sola contramedida sea derrotada. Un dron controlado por fibra óptica puede resistir la inhibición de radiofrecuencia. Otro con electrónica protegida podría soportar mejor un pulso electromagnético. Una amenaza que atraviese ambas capas todavía tendría que enfrentarse a medios cinéticos.

La OTAN está avanzando precisamente hacia este modelo integrado. La Alianza considera que la defensa contra drones debe conectar sensores, sistemas de mando y diferentes “efectores” baratos y escalables, en lugar de depender de una única solución tecnológica.

Las limitaciones que todavía deben resolverse

La energía dirigida lleva décadas apareciendo como una tecnología cercana a la revolución definitiva, pero el salto desde una demostración hasta un sistema fiable en combate sigue siendo complicado.

El alcance disminuye con la distancia y depende de la potencia que pueda generar y concentrar el sistema. La necesidad de electricidad y refrigeración condiciona su movilidad y su ritmo de empleo. El terreno, la orientación del emisor y la detección temprana de la amenaza también determinan qué volumen puede proteger.

Existe además un problema de integración. Un arma diseñada para afectar a la electrónica debe utilizarse sin perjudicar radares, comunicaciones, aeronaves o equipos propios. El Ejército estadounidense ha reconocido que, aunque la ciencia funciona, todavía necesita aprender cómo emplear estas armas durante largos periodos, mantenerlas con personal militar y operar sin interferir en las funciones normales de una base.

Por último, toda medida genera una contramedida. La protección electromagnética, la redundancia de componentes, las rutas de ataque dispersas y la combinación de drones con misiles pueden reducir la ventaja de las microondas. Un adversario no permanecerá pasivo mientras se perfeccionan estas defensas.

¿El comienzo de una nueva defensa antiaérea?

Las microondas de alta potencia no harán desaparecer los misiles antiaéreos. Tampoco garantizan por sí solas que una base pueda resistir cualquier enjambre. Su importancia reside en otro punto: podrían devolver al defensor una relación económica más sostenible.

Hasta ahora, el atacante podía utilizar masa y bajo coste para imponer decisiones difíciles. Si un solo pulso puede afectar a varios drones y un cañón puede reservar sus proyectiles guiados para los supervivientes, la saturación deja de ser tan sencilla y el atacante necesita invertir más para obtener el mismo resultado.

El cambio decisivo no será sustituir una tecnología por otra, sino construir defensas capaces de escoger entre varias. Microondas contra el enjambre, proyectiles contra los blancos resistentes y misiles contra las amenazas de mayor alcance o valor. En la guerra de drones, la victoria puede depender tanto de destruir el objetivo como de hacerlo a un coste que permita seguir combatiendo al día siguiente.

Fuentes consultadas

Créditos imágenes: U.S. Army photo by Staff Sgt. Brandon Rickert / DVIDS. Dominio público. U.S. Army photo by Staff Sgt. Brandon Rickert / DVIDS. Dominio público.